Debemos desarrollar en nosotros mismos la capacidad de entender las historias que dan lugar a nuestras emociones.

Cuando experimentamos una emoción, podemos examinar su historia subyacente con el fin de separar la información útil a partir de las creencias falsas. Podemos tomar las emociones  como una expresión adecuada de nuestros pensamientos, mientras que el análisis crítico de estos pensamientos nos serviría para comprobar si son los correctos; es decir, que representan adecuadamente la realidad.

Por ejemplo, cuando te parece ver pasar al chico/a que te gusta, se produce una alteración del ánimo, es decir, se activan emociones que pueden ir, por ejemplo, desde inquietud, intranquilidad, tensión, hasta entusiasmo, alegría, exaltación…  Pero vuelves a mirar y te das cuenta que solo es alguien que posee un gran parecido con aquella persona que realmente te interesa.  La emoción es correcta; la percepción es errónea. En éste caso el error es cognitivo, no emocional.

La libre expresión es, la capacidad de actuar de manera adecuada en respuesta a tus emociones. Cuando se siente la emoción, deberíamos poder validar su raíz cognitiva de manera que ésta se pueda utilizar para guiar el consiguiente comportamiento (“la emoción te agita por dentro para que lleves a cabo una acción fuera”). Al reconocer tus sentimientos y expresarlos adecuadamente, estarás fomentando tu salud emocional.

Volviendo al ejemplo de la persona que te atrae, si realmente se hubiera tratado de el/ella, esa excitación a nivel evolutivo es tremendamente útil pues nos sirve para sonrojar nuestras mejillas, dilatar nuestras pupilas y otros cambios a nivel fisiológico cuya finalidad es facilitar la atracción del otro hacia nosotros. Eso es lo que las emociones te ayudan a conseguir, aunque no seamos realmente conscientes en la mayoría de casos, nos ayudan a alcanzar objetivos, a cuidar de nosotros mismos y de lo que valoramos.

La emoción es siempre correcta, pero la historia detrás de ella puede estar equivocada.

Si examinamos la historia en particular existente bajo una emoción, podemos encontrar una serie de evaluaciones. Estas evaluaciones pueden ser erróneas; pueden ser el producto de errores de percepción o de razonamiento. Es por eso que la inteligencia emocional significa abrazar la emoción y el desafío del pensamiento.

Basándonos en éste argumento, llegamos fácilmente a la idea de que sucesos ocurridos en nuestra experiencia vital, nos aportan esas pequeñas historias inherentes a nuestras emociones.

He descrito con anterioridad que la excitación producida a nivel fisiológico en nuestro cuerpo al ver a la persona que nos atrae, tiene su más que demostrada funcionalidad evolutiva. Desde un punto de vista bioquímico, entran en juego hormonas como testosterona, estrógenos (lujuria inicial), dopamina, norepinefrina, serotonina (atracción, aceleran el corazón, sudamos, “perdemos la razón”), oxitocina y vasopresina (cruciales para los vínculos sociales, relaciones sexuales) con las consecuentes respuestas fisiológicas. Aun así, nuestro más que evolucionado raciocinio y capacidad de autocontrol (aunque animales hay en todas partes…) nos conducen a no dejarnos llevar por esos más que latentes impulsos y por norma general, comenzamos una especie de protocolo de actuación o serie de comportamientos a los que denominamos “cortejo”, “ligar”, “flirteo”, “cazar Pokemons” … o como cada cual prefiera.

En principio son habilidades aprendidas por observación, imitación, interacción social. Una vez que tenemos nuestro propio criterio de actuación, lo ponemos en práctica. Podemos acertar o no, podemos ser correspondidos o rechazados. Cada una de esas experiencias nos dotan de conocimientos e historias tras las que explicar las emociones que podemos llegar a sentir en momentos y vivencias similares. Esas experiencias son el escultor y nosotros la madera.

Sentimos miedo cuando creemos que algo malo puede ocurrir.

Pensemos en algún momento en el que sintiéramos miedo. Probablemente nos veremos evaluando una experiencia en la que de algún modo estábamos en riesgo (físico o emocional). El miedo pide protección. Cuando se enciende el miedo en acciones específicas, se disminuye la probabilidad (o el impacto) de la posible pérdida. Evitamos arriesgarnos por temor a que nos suceda lo mismo que en experiencias anteriores similares. Pero precisamente esos pensamientos son los que nos impiden expresar y sentir plena y conscientemente todas y cada una de nuestras emociones, disfrutar de cada instante como si fuera el primero, con la ilusión y la emoción de un niño al que llevan por primera vez al parque de atracciones. No debemos anclarnos en el pasado, debemos aprender de él, sí, pero dejarlo atrás y pasar página.

Creemos nuevas historias, nuevas experiencias, no será perder nuestro tiempo porque toda experiencia es aprendizaje. No nos pongamos excusas a nosotros mismos ni nos dejemos llevar por las historias que hay detrás, sino por las emociones que tenemos delante. ¡Viaja!, ¡Enamorarte!, crea lazos sociales y amistades que te aporten nuevas vivencias e ilusión, porque no somos los mismos que ayer ni seremos los mismos mañana.

No nos dejemos llevar por nuestros errores cognitivos, no tengamos miedo a vivir.


Comentarios

Deja un comentario