Los padres bajo lupa


“No suelo dejarle usar pantallas. Esto es algo excepcional.”

Una madre me dijo esto hace poco mientras embarcábamos en un avión. Su hijo, visiblemente agobiado, empezaba a desbordarse en la pasarela, y ella le entregó su teléfono. Lo acompañó de inmediato con una aclaración: una justificación medida, innecesaria y claramente anticipada. Estaba intentando protegerse de lo que imaginaba sería mi juicio, otro adulto en su misma situación.

Lo que no sabía es que yo había pasado por lo mismo. He recurrido a las pantallas en momentos de desesperación. He peleado con un niño que no quería ponerse el cinturón mientras notaba las miradas de quienes pasaban.

Recuerdo a una amiga que me contó que iba en un vuelo sola con su hija en el que lo intentó todo: meriendas, su peluche favorito, dibujos en el móvil… y aún así lloró sin consuelo. Pero lo que más recordaba era que un pasajero sentado cerca suspiró con fuerza y murmuró algo sobre “el exceso de pantallas hoy en día”. Y ella sin saber claramente porqué se sintió mal. La estaban juzgando…

Mi amiga es psicóloga como yo, pero en ese instante, daba igual sus conocimientos o profesión, era solo una madre más, haciendo lo que podía, sintiendo que no era suficiente.

Cuidar en público no debería parecer una actuación


Nuestra sociedad ha convertido la crianza en algo que se observa desde la grada. Desde los supermercados hasta las redes sociales, los padres y madres sienten constantemente el escrutinio externo. El mensaje implícito es claro: serás evaluado, y más te vale parecer que tienes todo bajo control.

En consulta, escuchamos cada día cómo esta presión atraviesa a las familias. No solo preocupa el comportamiento del hijo o hija; angustia también la posibilidad de ser vistos como “malos padres” por no lograr que su hijo actúe como un adulto… cuando solo es un niño.

El juicio no desaparece con el crecimiento de los hijos


Aunque los años de crianza temprana —con sus rabietas y emociones intensas— suelen ser un foco habitual de juicios, la crítica persiste a lo largo de todo el proceso de ser madre o padre. Aquí algunos ejemplos por etapa:

  • Embarazo: Las redes sociales moldean desde muy pronto la percepción de los futuros padres, generando presión desde influencers hasta foros anónimos (Crowe et al., 2020).
  • Primeros meses y alimentación: Aunque se hable de “lo importante es que se alimente”, las decisiones entre pecho o fórmula siguen suscitando opiniones ajenas (Blum, 1999).
  • Primera infancia: Conductas como berrinches o el uso del móvil en público invitan a comentarios de familiares, conocidos o completos desconocidos (Chen y Yu, 2021; Simmons, 2020).
  • Edad escolar: Se juzgan las decisiones educativas, las actividades extraescolares o el tiempo ante pantallas, sin consenso claro sobre qué es “demasiado” (Radesky et al., 2016).
  • Adolescencia: Las críticas giran en torno a si los padres son “demasiado permisivos” o “demasiado estrictos”, ignorando la complejidad diaria de esa etapa.

En cada una de estas fases, el juicio continúa acechando.

Por qué juzgamos… y cómo eso nos aleja


Desde hace décadas, la psicología entiende que los seres humanos tienden a compararse. En los años 50, Leon Festinger propuso la teoría de la comparación social, que explica cómo evaluamos nuestras propias decisiones a través del comportamiento de quienes nos rodean (Festinger, 1954). En la crianza, esto se manifiesta en miradas de juicio o comentarios encubiertos en redes.

Pero en la cultura actual, comparar se ha transformado muchas veces en criticar. Y esa crítica —directa o disfrazada— no solo debilita nuestra seguridad, sino que levanta muros entre quienes podríamos ser nuestros mejores aliados: otros padres y madres.

Cambiar la historia que nos contamos


Ser madre o padre ya es suficientemente desafiante sin tener que lidiar además con opiniones no solicitadas. Desde el berrinche en el supermercado hasta las decisiones complejas con adolescentes, lo que compartimos es esto: amamos profundamente a nuestros hijos y queremos lo mejor para ellos.

Recordarnos —y recordar a los demás— que educar es un proceso de ensayo y error puede ayudarnos a liberar parte de la ansiedad y la culpa que provocan esas miradas ajenas. Si, en lugar de juzgar, ofrecemos empatía a quien vemos en apuros (o a nosotras mismas), estamos contribuyendo a una cultura de apoyo real. Una cultura en la que el camino se hace un poco más llevadero.

Tal vez no logremos eliminar por completo el juicio, pero sí podemos elegir cómo responder a él y cómo tratamos a quienes caminan en zapatos parecidos a los nuestros. Hoy, al recordar aquel vuelo que me contó mi amiga, pienso que lo único que habría cambiado su experiencia (y la de su hija) hubiera sido un gesto de solidaridad, una mirada cómplice de otra madre.

Seamos ese tipo de comunidad. Porque criar ya es bastante exigente. Todos necesitamos un respiro, una sonrisa y, si se puede, una mano amiga (o unas galletas extra) cuando el cinturón de seguridad está abrochado y las emociones se desbordan.


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