Cuando dejas atrás quien eras, para convertirte en quien eres ahora
Convertirse en madre es una transformación profunda. Pero como toda transformación, implica una pérdida: la de tu vida anterior, de tu independencia, de tu cuerpo, de tu ritmo, de tu identidad tal como la conocías.
Muchas mujeres sienten tristeza, culpa o confusión por esto, sin saber que lo que están atravesando es un duelo emocional. No por la pérdida de un ser querido, sino por la pérdida de su yo anterior. Y como todo duelo, tiene fases:
1. Negación
“Esto es temporal. En cuanto el bebé duerma bien, todo volverá a la normalidad.”
La mente se protege del impacto. Niega que el cambio es real y profundo. Hay una ilusión de que se podrá retomar la vida exactamente como era antes. Se siguen haciendo planes como si nada hubiera cambiado, y eso genera frustración.
2. Ira
“¿Por qué nadie me dijo que sería así? ¿Por qué no me ayudan más? ¿Por qué siento que he perdido mi vida?”
Aparece el enfado. Hacia la pareja, la familia, la sociedad, el sistema… incluso hacia una misma. Es una etapa de mucho agotamiento emocional y de rabia contenida, que a menudo no se permite expresar.
3. Negociación
“Si me organizo bien, podré hacerlo todo: ser madre, trabajar, verme bien, tener tiempo para mí…”
Es una etapa de sobreexigencia. Se intenta “controlar” la nueva vida, forzarse a demostrar que se puede con todo. Se cae en la trampa del perfeccionismo, de “volver a ser la de antes… pero también ser la madre perfecta”.
4. Tristeza o depresión
“No me reconozco. No sé quién soy ahora. No disfruto como pensaba. Me siento sola.”
Aquí aparece el vacío. Se toma conciencia real de la pérdida. Hay cansancio profundo, tristeza, culpa y desconexión. Esta etapa puede confundirse con una depresión posparto, y merece acompañamiento terapéutico si se alarga en el tiempo o interfiere en el día a día.
5. Aceptación
“Mi vida ha cambiado. Yo he cambiado. Y aunque a veces duela, también hay belleza en este nuevo yo.”
No significa que todo esté bien ni que no duela, sino que por fin se deja de luchar contra la realidad. Se acepta el cambio, se empiezan a valorar las nuevas fortalezas y se construye una identidad renovada: la nueva “yo” como madre y como mujer.
No estás rota. Te has tranformado.
Aceptar que ya no eres la misma no es rendirte: es empezar a reconstruirte desde lo que eres ahora.
Y eso también es autocuidado: honrar tu proceso, tus emociones, tu tiempo y tu historia.

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