Estamos rodeados de cursos, libros, gurús y redes sociales que nos repiten una y otra vez que hay que educar sin gritos, con respeto, con calma, con conciencia. Que si la crianza positiva, que si los límites firmes pero amorosos, que si la validación emocional… Y ojo, no digo que todo eso esté mal. Todo eso está muy bien. Pero hay algo que me chirría profundamente.
Parece que toda la responsabilidad de la crianza recae sobre los hombros de los padres, especialmente sobre las madres. Nos cargan con la tarea de ser templos de paciencia y serenidad, aunque estemos agotadas, tristes, solas, saturadas, invisibles. Aunque estemos mal.
Nadie pone el foco donde de verdad duele: ¿cómo vamos a criar desde la calma si no tenemos calma en nuestra vida?
¿Cómo se supone que vamos a hablar con dulzura cuando nadie nos habla con dulzura a nosotros, ni en casa, ni en el trabajo, ni en la calle?
¿Cómo vamos a tener paciencia si ya la hemos perdido aguantando jornadas eternas, problemas económicos, relaciones frías, cargas mentales infinitas, y esa sensación constante de estar fallando en todo?
Porque sí: fallamos, dicen. Y además nos lo hacen sentir.
Si gritas, lo haces mal.
Si castigas, lo haces mal.
Si no validas cada emoción de tu hijo, lo haces mal.
Y tú, que ya te sientes insuficiente, terminas con un nudo más en la garganta. Otro curso más que no te sirve. Otra guía más que no puedes seguir. Otro motivo para culparte.
Pero… ¿alguien se pregunta cómo estás tú?
¿Alguien te ha preguntado si estás bien como madre, como padre… como persona?
¿O solo te juzgan por cómo hablas, por cómo corriges, por cómo reaccionas?
La verdad incómoda es esta: si los padres y madres estuviéramos bien, si tuviéramos red, tiempo, espacio, apoyo, descanso, amor, equilibrio… no necesitaríamos tantos cursos para no gritar.
Porque el grito no nace del odio, nace del cansancio.
La impaciencia no nace del desinterés, nace de la sobrecarga.
La desconexión con nuestros hijos muchas veces es solo el reflejo de nuestra propia desconexión con nosotros mismos.
Así que no, no es justo que nos culpabilicen por todo.
No es justo que nos vendan soluciones sin mirar las raíces del problema.
No es justo que encima tengamos que cargar con la culpa de no ser la versión ideal de nosotros mismos cuando no tenemos ni un segundo para respirar.
Este espacio que quiero construir aquí no es para añadir más peso.
Es para aligerarlo.
Es para que hablemos de lo que no se dice: que criar desde el amor también es criar desde el cansancio, desde las lágrimas a escondidas, desde la contradicción.
Que no estás sola, ni estás solo.
Y que si no puedes más, no eres un mal padre ni una mala madre.
Solo eres humano.
Y necesitas que alguien empiece por preguntarte:
¿Tú cómo estás?
Paula Ortiz.

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