Actualmente se habla mucho de gestión emocional o regulación emocional y que debemos enseñar a nuestros hijos a gestionar sus emociones para que crezcan con mejor salud mental, pero el enfoque general es erróneo.

Cuando los profesionales nos referimos a gestión emocional, no hablamos de control, de evitación o de contención de esas emociones ni mucho menos. Las emociones tienen que vivirse, que sentirse y que experimentarse. Lo contrario es lo que genera las dificultades.

La gestión emocional y el control sobre ellas está indicado solo para esas ocasiones en las que a nosotros o a nuestros hijos nos superan y llegan a suponer una gran dificultad en el desempeño de nuestro día a día. El objetivo de aprender a gestionarlas no es dejar de sentirlas o pretender que nuestros hijos sean como estatuas de hielo, sino todo lo contrario. El objetivo es que sepan sentir, que sepan cómo padecer y como experimentar de forma natural y fluida sin irrumpir o entorpecer esas emociones que surgen en ellos. Esa es la dificultad en todo esto, enseñar a que la emoción fluya y no nos genere frustración o angustia no aceptarla y dejarla ser.

La emoción es la exteriorización o expresión de un sentimiento y los sentimientos no se dominan, se viven. Dejarlos ser y salir es lo más natural y lo más sano. Orienta a tus hijos a vivir con sus propias emociones.


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