El llanto es la forma primitiva de comunicación, la primera interacción de un recién nacido con el mundo y el único medio casi de expresión que tienen en sus primeros meses de vida. Pero, ¡hay! ¡como se mueve algo dentro de nosotros cuando lloran nuestros hijos!

Entiendo que padres, madres, cuidadores/as, a todos se nos despierta algo dentro cuando vemos a nuestros hijos llorar, y es lo más natural del mundo. Tanto el llanto como lo que nos hace sentir, ha sido creado por la evolución y el desarrollo humano tras miles de años para generar empatía o despertar nuestra atención hacia lo que le sucede a la persona que llora.

Ahora bien, existen distintos tipos de llanto y diferentes reacciones en consecuencia a los mismos. Si tenéis hijos o estáis en contacto con niños, sabéis que no es lo mismo el llanto de protesta que el llanto de dolor e incluso el llanto de sueño o de pena son diferentes.

En mi experiencia como madre puedo decir que el llanto de dolor o de pena me hace empatizar sobremanera con mi hijo de tal modo que casi parece que siento lo mismo que el. Sin embargo, cuando el llanto en los niños es por protesta y queja sobre algo baladí, provoca el sentimiento contrario, hace que nazca el rechazo por ese comportamiento y es más difícil calmarlo y entenderlo.

¿Pero porqué ocurre esto? ¿Porqué si es llanto en los dos casos, la respuesta que nos detona es totalmente diferente? Pues de esto os quiero hablar ya que el sentimiento de frustración y de pena para el niño es el mismo en los dos casos y la intensidad de ese malestar, puede ser e incluso mayor en el segundo de ellos. entonces, ¿porqué nos cuesta tanto reaccionar ante un llanto y no hacia el otro? Pues la respuesta es evidente, porque tenemos más en cuenta el motivo que hay detrás de ese llanto que en el llanto en sí. En lugar de centrarnos en el dolor o sufrimiento que está sintiendo el niño/a, ponemos el foco en que está llorando porque quería un juguete que no le hemos comprado. Ahí está el error. Debemos entender que los sentimientos que generan el expresarse a través del llanto, son básicos y viscerales, éste tipo de queja no se genera de la nada, no aparecen sin un motivo real, ni porque nuestro hijo de tres o cuatro años e incluso de diez, quiere manipularnos para convencernos de que hagamos lo que el quiere o no dejará de llorar nunca.

Las respuestas afectivas carecen de la intencionalidad estricta del percibir afectivo, pero poseen una «intencionalidad secundaria» que es correcta por adecuarse al percibir afectivo; en las emociones la intencionalidad secundaria es incorrecta o llega incluso a desaparecer.

Sin emoción no hay sentimiento y éste depende de la interpretación que se haga de las reacciones emocionales.

Las emociones son reacciones psicofisiológicas que ocurren de manera espontánea y automática. En cambio, los sentimientos son la interpretación que hacemos de esas emociones y se pueden regular mediante nuestros pensamientos. Las emociones son transitorias con una intensidad mayor, aparecen rápido y son inconscientes , aparecen antes de los sentimientos, los sentimientos son de larga duración, mas complejos y menos intensos, son mas lentos y conscientes, aparecen después.

¡Y qué importante es esto! Si volvemos a la escena anterior de un niño que reacciona en llanto ante la negativa de comprarle un juguete y tenemos en cuenta la diferencia entre emoción y sentimiento y su definición, podremos comprobar que la acción que desencadena el llanto es la negativa a comprar el juguete y que si no atendemos ese llanto porque es molesto para nosotros, se aprenderán y asentarán unos sentimientos determinados que durarán mucho más tiempo en consecuencia.

¿Y qué podemos hacer?

  1. Lo primero es aprender a decir que no de manera más asertiva e incluso aprender técnicas para suavizar el momento en todo lo posible. Cuando son menores de cuatro años no se puede razonar demasiado y lo que mejor suele funcionar es la distracción. Debemos ser previsores y saber que si nos vamos, por ejemplo de la tienda en diez minutos: +hay que ofrecerle una alternativa al juguete que haya elegido o pedirle que te lo deje un momento y le damos otra cosa en su lugar que sí nos queramos llevar y le guste +o simplemente se lo pedimos y lo distraemos con otra cosa hasta que salgamos, procurando que esté ocupado o atento en otro asunto que no sea el objeto que podría provocar el llanto. +Cuando tienen edad para razonar debemos sopesar si nuestro hijo acepta con facilidad las negativas o no. En caso de no ser así, se le debe explicar también con tiempo y comprender el enfado que pueda tener después, porque en muchas ocasiones será inevitables.
  2. En caso de ser inevitable como comentábamos antes, viene la segunda parte. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante ese enfado, esa actitud o comportamiento? De ello depende que los sentimientos generados a posteriori tanto por nuestro hijo como en nosotros sean positivos y resilientes con respecto a la situación. El enfado es un sentimiento perfectamente válido que hay que enseñar a gestionar y a aceptar. Si invalidamos ese sentimiento o le enseñamos a reprimirlo, lo único que conseguiremos serán adultos explosivos o adultos reprimidos y no queremos eso. Lo importante en esto casos entonces es validar el sentimiento y enseñarles a gestionarlo adecuadamente. Pueden enfadarse, es una emoción perfectamente válida y es normal ya que están pasando por una situación que no les gusta. ¿Cómo lo validamos? Diciéndoles que sabemos lo que quiere y entendemos que se enfade porque hoy no se lo va a llevar. Que si se acuerda de todos los demás juguetes que hay en casa y que puede jugar con todos ellos, pero que éste hoy se queda aquí.
  3. Empatizar con nuestros hijos: Recordemos los motivos por los que también pueden estar enfadados o molestos y que suelen estar detrás de muchas rabietas: Impotencia porque no consigue lo que desea. En este caso, hay que enseñarle que en la vida no siempre se puede tener todo lo que se quiere y hay que saber aceptar esa frustración. Inseguridad cuando el niño quiere hacer algo pero no se atreve. La falta de confianza en uno mismo o la baja autoestima pueden ser el motivo que desencadene el enfado del niño en un momento determinado. Dificultad para expresar los sentimientos. Es muy importante hablar con nuestro hijo, demostrarle que puede contar con nosotros y hablar de cualquier cosa que le preocupe. Muchos niños son capaces de sentir muchas emociones pero no son capaces de transmitirlas o hablar de lo que sienten. Aburrimiento. Los niños están acostumbrados a que los adultos satisfagamos sus necesidades. En este sentido, piensan que debemos hacer lo mismo cuando están aburridos y, si no lo conseguimos, se enfadan. Cansancio: especialmente en los más pequeños, si el niño no ha descansado lo suficiente o, por el motivo que sea, se ha visto interrumpida su rutina, puede mostrarse más irascible. En este sentido, una rutina y unos hábitos saludables es la base de una buena calidad de vida.
  4. ¿Qué hacemos nosotros? Ayúdale a reconocer su enfado. A veces, el niño puede tener este sentimiento y no saber qué le pasa. Dile cosas como ‘Sé que estás enfadado’, ‘Sé que te sientes mal’, ‘Cuéntame cómo te sientes’. Enséñale a mostrar empatía, a ponerse en el lugar de la otra persona cuando se enfada con ella. Puedes decirle, por ejemplo, ‘¿Te gustaría que te hablasen a ti de esa manera? o ‘¿cómo te sentirías si fulanito te hubiese tratado así a ti? Ayúdale a salir de ese sentimiento. Una vez haya reconocido que está enfadado, ayúdale a pensar, a recapacitar y seguir algunas técnicas para abandonar ese sentimiento. Espera a que se calme para hablar con él. No servirá de nada reprenderle en el momento en que está enfadado o hacerlo delante de la gente. Es mejor esperar el momento y, en privado, hablar con él. Pon consecuencias a sus actos. Los niños necesitan saber que sus conductas negativas tienen consecuencias. Muéstrate impasible y mantén la autoridad en este sentido. Intenta mantener la calma. Los adultos somos el espejo en el que se miran los niños. Al permanecer tranquilo le estarás dando ejemplo e indicándole el tipo de comportamiento que quieres ver en él. 

Es fundamental que éste tipo de situaciones se hablen una vez estamos todos ya tranquilos y en calma, es decir, una vez ha pasado todo y hemos llegado a casa por ejemplo, podemos ir a hablar con nuestro hijo/a y volver a comentar lo sucedido. Que intente explicar lo que sintió y porqué ayudándole así a reconocer sus emociones y crear pautas para que la próxima vez pueda explicarse en lugar de «explotar». De éste modo nuestros hijos irán aprendiendo a detectar sus sentimientos y analizarlos entes de que lleguen a extremos y así les educaremos en gestión emocional, lo que les será fundamental a lo largo de su vida, principalmente en la adolescencia, etapa en la cual vuelven a surgir éste tipo de situaciones. Por otro lado, éstas charlas también crearán un vínculo entre nuestros hijos y nosotros, ayudándonos a conocerlos mucho mejor.

Ser padres es una misión de jornada completa y requiere aprendizaje constante y entrenamiento. Ánimo que vais por buen camino, si lo hacéis lo mejor que podéis estaréis dando el máximo. Todos tropezamos para aprender a caminar, lo importante es seguir intentándolo.


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